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Comunicación sobre el «Diaconado
que propuso el Concilio Vaticano II» presentada en el Simposio sobre San
Vicente Martir en Valencia. Mayo 2.004 

José Rodilla Martínez

 

1. Introducción

El diaconado primitivo como ministerio estable forma parte de la historia de la Iglesia;  se extinguió hace aproximadamente mil años quizá al difuminar o asumir su contenido otros estamentos o no corresponder su ministerio a la praxis de las diversas comunidades cristianas de aquella época. Pero quedó el testimonio de su esplendor. Muchos de aquellos ministros dejaron la huella de su santidad y el indeleble recuerdo de su ministerio.

Así es como Vicente, diácono de San Valero, víctima de una sociedad, de un determinado sistema en el que ser cristiano se consideraba una amenaza contra el poder establecido[1]. El chantaje persuasivo impuesto por quienes velaban el cumplimiento de la ley era la ofrenda de incienso como culto al Cesar reconociéndole como divino, como «SEÑOR».

Vicente, voz y fuerza de su anciano obispo Valero, con humilde heroicidad expresó su inquebrantable fidelidad a Cristo, su Señor. Vicente fue el acontecimiento temprano que  fecundó e hizo germinar con su sangre las semillas cristianas durante 1700 años. Como patrón de nuestra Iglesia valenciana, el memorial de su martirio configura nuestra historia y la actualiza con su testimonio, a quienes tratan de vivir la fe y proclamar que Jesús es el Señor de la vida.

 

2. Antecedentes

Si bien la práctica de aquel diaconado como ministerio estable y permanente desapareció paulatinamente, Trento lo mantuvo como una etapa formativa de transición hacia el presbiterado. 

La memoria histórica que se ha mantenido de los orígenes de aquel ministerio y que todos conocemos, impulsó en el período de entre guerras de la primera mitad del siglo XX,  un movimiento reivindicativo que desarrolló respuestas imperiosas de Caridad que facilitó ayuda y prestación organizativa de las Iglesias desbordadas ante tamaña calamidad. De la experiencia de los Círculos diaconales de Josef Hornef, [2] y de varios cristianos que estuvieron internados en Dachau, tras la segunda guerra mundial, los laicos comprometidos y el poco clero que sobrevivió de la experiencia en los campos de concentración o en la clandestinidad, vieron necesario y urgente que se ordenasen a personas idóneas como diáconos, ya que el trabajo codo a codo con miembros de las Iglesias de la Reforma, que tenían la diaconía como forma estable de vida y servicio a sus respectivas comunidades, facilitaron en cierta manera un patrón de comportamiento que centró la toma de conciencia de dicha experiencia para la recuperación del diaconado católico. En diversas conferencias europeas de Caritas llegaron a proponer a Pío XII el restablecimiento del ministerio diaconal estable. En la alocución que el Papa Pacelli dirigió al segundo congreso mundial del apostolado de los laicos en Octubre de 1957, se refirió a la idea de que volver a introducir el diaconado como función diferente del sacerdocio, todavía no estaba madura pero que podía llegar a madurar y en todo caso se enmarcaría dentro del orden jerárquico fijado, tal como la tradición antigua lo concebía. Estas viejas aspiraciones del laicado surgidas en Alemania después de la segunda guerra mundial, se hicieron realidad en el Concilio Vaticano II [3] y posteriormente, Pablo VI sancionó canónica y litúrgicamente todo lo concerniente a ese orden. [4] Recientemente, Juan Pablo II aprobó el «Directorio para el ministerio y la vida de los diáconos permanentes. El estatuto jurídico del diácono»[5]

Desde la mitad del siglo XX hasta nuestros días, la evolución social ha generado más cambios en el comportamiento humano que todos los siglos posteriores. Para una Iglesia de hoy, al inicio del tercer milenio y en un momento histórico concreto en que la sociedad no es la misma ni la Iglesia primitiva responde al desarrollo de la actual, nos podemos cuestionar: ¿se puede recuperar aquél diaconado que se ejercía en sus inicios, o por el contrario necesitamos de un diaconado diferente que responda a las necesidades concretas de hoy?

 

3. Oportunidad del planteamiento.

Conviene dejar constancia en este Simposio de Teología Histórica, que en los últimos 75 años, hubo suficientes causas que justificaran la idea de recuperar este ministerio diaconal llegándose al restablecimiento de dicho ministerio en el Concilio Vaticano II.

Al hacer una  reflexión fundamentada en el Sínodo Diocesano Valentino clausurado el 27 de Junio de 1.987, nos permite hablar hoy de un entorno diaconal estable que se ofrece al laico como opción de vida. El Sínodo, al descubrir su necesidad y el sentido sacramental del diaconado permanente, lo expresó en su constitución sinodal 564: «A tenor de la actual legislación canónica y de las normas dictadas por la Conferencia Episcopal Española, instáurese en la Iglesia Valentina el diaconado permanente. A quienes lo reciban se les encomendará las funciones propias de este ministerio.» [6]  Esto abriga la esperanza de que cuando la prudencia y oportunidad pastoral crea oportuno iniciar el proceso de su instauración, con el decreto que así lo establezca y se inicie el período de discernimiento vocacional, la comunidad cristiana lo recibirá como un gran don de Dios.

Dice Sánchez Bosch que: «La idea de la Iglesia, nacida como puro carisma y convertida en pocos decenios en pura institución, sigue siendo esquema orientador para muchos estudiosos de los orígenes cristianos, pero ninguno la mantendrá hoy día con la rigidez de sus primeros propugnadores. Aunque con matices diversos, todos los estudiosos están de acuerdo en admitir la existencia de funciones estables, más o menos institucionalizadas, así como nadie discute la existencia y el peso de los carismas en sentido más estricto». [7] El plan pastoral diocesano para los años 1993-97 de «Iglesia en Misión», en Valencia, reflexiona que: «no podemos permanecer en la añoranza de un pasado que nunca retornará, porque la historia es irreversible; ni comportarnos como si viviéramos ya en un futuro que no puede estar en nuestras manos».[8] Esta convicción nos permite afirmar que sí podemos vivir en plenitud nuestro momento actual y hacer rendir a la Iglesia todo aquello que pueda dar. La comunión entre carisma e institución, debe ser siempre fortalecida para el bien común, y aunque, la experiencia tradicional de siglos nos muestra lo difícil de esta relación, nos prepara a tener una visión de futuro avalada por dicha experiencia.

El Concilio recupera el diaconado de la tradición de la Iglesia Primitiva y nos lo ofrece como posibilidad a tener en cuenta en el trabajo pastoral de cada Iglesia local, e injerta de nuevo en el fluir de nuestras venas, el testimonio atávico de Vicente, para que asimilemos que ser cristiano es ser imitador de Cristo, incluso hasta la muerte. El diaconado es como ese gran tesoro escondido, oculto entre los entresijos de la historia de la Iglesia que desempolvándolo del olvido, sin temor ni duda alguna cuando se recupere, recobre todo su ímpetu y fuerza.

 

4.  Reflexionando sin ira y con esperanza.

La aplicación y el desarrollo del Concilio a lo largo de estos casi cuarenta años ha dado un auge al mundo de los seglares, facilitándoles a encontrar su identidad como integrantes del Pueblo de Dios, han ido asumiendo su corresponsabilidad en la misión de la Iglesia, en el apostolado[9] y han alcanzado, por su disponibilidad y modo de actuar, la participación total en la evangelización, administración y ejecución de tareas muy comprometidas.

Se observó en algunas diócesis españolas que instauraron el diaconado[10], que al principio de este proceso hubo cuestionamientos que indujeron ciertos temores y algunos sin sabores. De aquella experiencia entresacamos algunos argumentos.

Voces del clero manifestaban la sospecha y su preocupación de que la llamada a ser diácono, fuese como pago al servicio que prestaba el laico comprometido a la Iglesia y de esta manera se le promocionaba a un orden jerárquico a través de la ordenación ministerial.

Algún grupo seglar al constatar que algunos laicos eran llamados al ministerio diaconal, manifestaron sus recelos, y estas incomprensiones motivadas por la sospecha de restar competencias a los techos alcanzados por los seglares, generaban una objeción incomprensible a este gran logro del Concilio Vaticano II.

Ambas posiciones fueron fruto del rechazo a la novedad, a un mal entendimiento de que los dones del Espíritu Santo son dones gratuitos y los carismas que afloran, vienen a enriquecer la epidermis eclesial, a complementar las aportaciones al bien común de los hijos de Dios. Nadie recibe un don para beneficio propio sino para el servicio de la comunidad, y estas posiciones son debidas a que ambos colectivos reparan solo en el hacer, en la tarea, en la actividad y percibían con alguna dificultad lo que de original aportó el Concilio Vaticano II, lo que en común tenemos todos: La vocación a la santidad. Vocación por excelencia de la que nadie es excluido.

Siguiendo la reflexión de la propuesta pastoral que hizo «Iglesia en Misión» corrobora los posicionamientos expuestos anteriormente y manifiesta: «Pero estamos aún bastante lejos de lograr que todos los cristianos sean corresponsables en la vida y misión de la Iglesia. Los sacerdotes somos aún demasiado clericales, no nos acabamos de fiar de los laicos y no promovemos suficientemente su participación. Los laicos, por falta de formación o de decisión, no asumimos con responsabilidad nuestra  misión imprescindible en la Iglesia y en el mundo». [11] Todavía, hasta que no pasen las generaciones que arrastramos la inercia del gran empuje de Trento, no se despejarán algunos cúmulos de niebla que enturbian la riqueza del Concilio Vaticano II.

Hoy hemos de ser muy claros y desechar la idea que algunos tienen del laicado como meros espectadores, excluidos de la participación en la vida de la Iglesia y despejar la bruma de aquellos conceptos históricos que definían: «los laicos son miembros de la Iglesia que no enseñan porque no saben, no actúan porque no valen, no ejercen porque no pueden. Y todo el saber para enseñar, el valer para actuar y el poder para ejercer está en el otro orden: el de los clérigos».[12]

 En la Iglesia hay multitud de actividades que realizan personas que hacen presente a Jesucristo resucitado y que con su sola presencia, se trasluce en una proclamación viva y encarnada de la Palabra. Así lo manifiesta el Padre Congar en su libro, «Un pueblo mesiánico» «El pueblo de Dios está tejido de intercambios y aportaciones mutuas. Y ese mismo pueblo, tomado en su totalidad o en cualquiera de sus realizaciones, es un medio de salvación para el mundo. Los laicos, hombres y mujeres, tienen en él su lugar propio: De la recepción de estos carismas, aún más sencillos, se deriva para cada uno de los fieles el derecho y el deber de ejercer estos dones en la Iglesia y en el mundo, para bien de los hombres y edificación de la Iglesia, en la libertad del Espíritu Santo, que alienta donde quiere, pero también en comunión con sus hermanos en Cristo y muy en especial con sus pastores.»  [13]

 

5.  Hacer y Ser. Dos categorías ante el reto de la nueva evangelización.

El diaconado tiene su hontanar en el mundo bíblico del Nuevo Testamento. Con abundantes antecedentes en la Iglesia apostólica y patrística, nos muestra las diversas maneras de resolver necesidades puntuales y permanentes de servicio a la comunidad, desde la perspectiva funcional y de identidad, del hacer y del ser. Al recuperar el Vaticano II esta institución, la instaura con la novedad y lozanía requeridas, mantiene el eje substancial y de unión entre obispo-presbítero-diácono, completa la jerarquía, la sitúa en el mismo orden que siempre estuvo entroncada en la tradición de la Iglesia desde su institución. 

  Muchos laicos se proyectaban hacia el futuro desde la vaga comprensión que se tenía de la primitiva Iglesia, y este conocimiento tan escaso[14] era suficiente para idealizar la «nueva figura del diácono»,[15] del que  no se tenía patrón de comportamientos ni modelo al cual imitar.[16] La experiencia que teníamos del diácono, estaba basada en la observación litúrgica, en el escaso tiempo que ante nuestros ojos permanecía, ya que era un grado transitorio, fugaz, del Sacramento del Orden, al que se accedía como paso previo a la definitiva ordenación de Presbítero.

La carencia de esta experiencia diaconal permite configurar la idea de lo qué debería ser un diácono y despejar del pensamiento aquello que distorsione el concepto ministerial auténtico y genuino del diacono permanente. No sirve plasmar con la imaginación y la creatividad para llenar de conceptos novedosos un catálogo de fronteras que delimiten una esencia. Hay que sustituir esos conceptos bienintencionados que la fantasía construye en torno al diaconado y separar lo que es el trabajo a desarrollar, la forma exterior o la impronta primera que se tiene del quehacer diaconal, por tanto, esta es la tarea prioritaria: enriquecer la aportación personal e inédita e intransferible de las actitudes que se cultivan en el interior del alma humana que desea seguir a Jesús, con un acompañamiento vocacional que oferte ese seguimiento a Jesús como un proyecto de vida serio y dinámico.

La actual reflexión teológica y pastoral se conduce hacia el ser, hacia la esencia del diaconado, por lo que todo aquello que configure su actividad en el ejercicio diaconal, las funciones que hayan de realizar, las que oportunamente cada pastor decida en su diócesis, pasen a ser objetivos secundarios que nazcan del concepto vital del ser diácono, porque ser diácono va más allá de los contenidos con que se trate de estereotipar un perfil idóneo de candidato que reúna todas las tareas o cosas que hacer. Introducir solo esta concepción, sería traicionar en parte el espíritu que guió a la instauración del diaconado: el ser del diácono.

Una cosa es el hacer como capacidad requerida en un oficio y otra muy diferente el ser como naturaleza impulsada por la gracia sacramental de estado. Ser implica un acto existencial, así como el hacer es acto de soberanía del individuo. La voluntad de ejercer la soberanía con el auxilio de las potencias del alma, con el riesgo de equivocarse y la capacidad de poder rectificar, con la seguridad de sentirse libre y ejercer la libertad, el poder decidir, el aceptar, el rechazar, el hablar o el guardar silencio; son características del ser. Ser en un cristiano significa que el obrar, el pensar y el actuar está orientado desde el deseo firme de imitar a Cristo.

Se suele proyectar la idealización personal con aquello que ansía el corazón; aunque en alguna ocasión se halle en ello algún agente que sea la causa del acrecentamiento de una vocación, por lo que purificando aquello que hay de ansia y alguna imagen de fantasía que aporta la imaginación, y tras una sincera interiorización de búsqueda y diálogo constante con el Señor, se estará en disposición de iniciar un proceso de  discernimiento que avoque hacia la manifestación pública del «deseo de dedicar la propia vida al servicio de la Iglesia, para gloria de Dios y el bien de las almas». [17]  Una decisión libre, vital, que vincula para siempre al ser llamado por quien tiene el carisma del discernimiento de espíritu y en quien prueba lo que de sentimiento y verdad hay en ese deseo del aspirante.

Ser diácono es entender que la vida tiene diversos estilos que valen la pena vivirlos, porque se vive desde la gratuidad, desde la donación generosa a la voluntad de Dios que llama a través de la Iglesia. Ser diácono tiene un componente diferenciador, está revestido de un orden ministerial que le sitúa en medio del pueblo para servir en el camino de la santificación de la comunidad, de la Iglesia, porque «diácono no es uno que sirve a Cristo, sino uno que imita a Cristo en su acción de servir.» [18] 

El aspirante a diácono permanente debe conocer su propia realidad personal, su auténtica ubicación en la vida y tener un dominio sobre sí que le salvaguarde de la fragilidad de los deseos de ser alguien destacado, alguien diferente a los demás. Sería esto como un cambio de identidad que le alentara a asumir un rol diferente al suyo.

El problema del clericalismo en los laicos impide ser conscientes de esa nueva  situación y ello comporta crisis de identidad que trastornan la economía de los carismas y servicios en una comunidad cristiana. Cada cristiano tiene su sitio, su función y su identidad muy clara; no deseo utilizar la palabra «definida» porque esto sería poner límites, limitar a la persona en su dimensión, ya que para la efusión del Espíritu hay libertad e incontenible fuerza creativa que supera las barreras que ponemos con nuestras paupérrimas concepciones.

 

6. Una contribución específica del diácono permanente a la evangelización.

Reflexionando acerca del ministerio y la vida de los diáconos permanentes, y a la luz de la experiencia adquirida hasta ahora, es necesario proceder con diligencia en la investigación teológica y con prudente sentido pastoral, teniendo como objetivo la nueva evangelización en los inicios del tercer milenio. La vocación del diácono permanente casado es un gran don de Dios a la Iglesia y constituye, por esto, «un enriquecimiento importante para su misión.»[19]

Todos los cristianos son llamados a vivir la santidad y el diácono permanente casado que está enraizado profundamente en el mundo, vive sirviendo desde su experiencia gozosa del amor fundado en el matrimonio como signo visible de santidad, siendo para sus hijos la mejor escuela, donde se vive aprendiendo a tomar conciencia de bautizado y ser en su propia comunidad familiar, en su Iglesia doméstica, icono de la familia de Nazaret que muestra la sencillez, la humildad y la alabanza.

Dice Valentín Oteiza que «El diácono se ordena para vivir su existencia familiar, profesional y social bajo el signo del servicio, particularmente ante los más necesitados; con lo que consecuentemente  proclama  y recuerda a los cristianos –incluidos obispos y sacerdotes-, que el servicio incumbe a todos; que esta misión de servicio proviene de Cristo y es una gracia o don otorgado por Cristo en el Espíritu, al que hay que responder en fidelidad»[20]

 Estamos constatando que todas las referencias de equilibrio y de valores que el hombre ha tenido en la familia, se están sustituyendo por otros conceptos y estilos que nada tienen que ver con ella y las generaciones que están surgiendo sin esos puntos de apoyo, se encuentran cada vez más mermadas en valores. El valor moral era un fruto de la convivencia, el respeto al otro era una acción sagrada y la veneración a los ancianos el motor que movía y cohesionaba las interrelaciones personales, capacitándolos hacia una personalidad con convincentes valores espirituales que permitían transmitir la fe cristiana de generación a generación. La sociedad en la que estamos viviendo hoy, ya refleja que «el matrimonio es una de esas instituciones que ha caído a minusvalía por incomprender, o no querer aceptar lo que significa y lo que ha significado para la humanidad durante muchos siglos». [21]

Se advierte con mayor frecuencia que hay muchos ancianos que sufren una disección del hábitat de sus seguridades íntimas, la amputación del entorno vital familiar y del afecto de los nietos, que tanto sienten y aprecian recíprocamente. Recuperar su presencia del olvido a la que les ha relegado la sociedad y mostrar al mundo, que el ciclo vital del hombre no acaba con la muerte, sino que tiene en él el principio de una eternidad que quieren ignorar, sólo es posible si acompañamos la sabiduría viviente de los ancianos en su propio entorno natural: la familia.

 También esto es evangelizar y dar a conocer el amor de Jesucristo, noticia que salvará al mundo. Esta Nueva Buena es la que con su amor, da verdadero sentido al sufrimiento, a la soledad, a la decrepitud, a la ausencia de salud, a la perdida de memoria, a la aparente inutilidad, al sentimiento de carga, al sentido de culpabilidad ante el rechazo que todos hacen de la debilidad. Se puede gritar bien alto que la falacia de la sociedad estriba en huir del sufrimiento tratando de atenuar el miedo y apartando o arrinconando a los ancianos entre comodísimas estancias, institucionalizado así una gran mentira.

El laicismo está minando los valores morales cristianos supliendo Verdad, Belleza y Bondad, atributos de Dios, y nos evidencia que este creciente deterioro nos conduce a la destrucción del concepto cristiano de familia y la educación de los hijos, alterando y sustituyendo el concepto antropológico del hombre que ha mantenido inalterable el judaísmo y el cristianismo. El hombre que está llamado al amor, a tener un encuentro con el otro, a entrar en la dinámica de una comunión profunda, descubre en el matrimonio, en la familia cristiana, los designios de Dios como introductor de la capacidad y la responsabilidad para dicha comunión en la donación generosa y personal, que es exclusiva de dos seres sexuados y complementarios, testigos de la creación que se dan en don el uno al otro y de cuya unión brota la fuente de la Vida.

 

7. Retos que afirman la acción de servir

¿Qué reto puede aportar el diacono permanente a la nueva evangelización de una sociedad tan distinta de la que surgió el Concilio Vaticano II?

Con el signo indeleble del Sacramento del Orden, el diácono permanente casado, viene a fortalecer su Matrimonio, cuna y fuente de vida de la que brotan los hijos, está más próximo a los ancianos, especialmente de sus progenitores, teniendo, por la gracia que le asiste, cierta misión profética para la sociedad, algo que aportar para el hombre de hoy y retos muy importantes que asumir, centrándolos en:

1.- Celebrar y transmitir la fe, vivir a plenitud la familia dando a la generación siguiente modelos de familia, de amor conyugal y filial, cuyo fruto inmediato sea una Iglesia doméstica, imagen de la gran Iglesia universal. 

2.- Celebrar y transmitir la fe en la última etapa de la vida, en la ancianidad. Mostrando un modelo de integración familiar donde los ancianos son queridos y respetados,  referencia necesaria para los nietos y apoyo para los padres.

 

8. Conclusión.

El laico casado al ser llamado a un orden sacramental, al diaconado permanente, se le reconoce un característico estilo y modo de vida, una manera concreta de actuar, de pensar y vivir en plenitud la misma vocación cristiana en comunión con la totalidad de la Iglesia. Con ese original talante su iniciativa se ordena a la imitación de Jesucristo en la acción de servir.

Es en la comunidad eclesial donde el diácono permanente auxilia y complementa al presbítero, adquiriendo en el servicio su máximo sentido como signo sacramental que hace presente y próximo a Jesucristo. Sin la comunidad o al margen de ella, no tiene sentido. Es en la comunidad de donde surgen los carismas, las actitudes de servicio, el compartir. Adquiere  sentido la vida que ilumina la fe, descubres que el otro, tu hermano, es Cristo. Una comunidad cristiana que descubre el esplendor de la fraternidad, de la donación, de la oración y de la contemplación, está en la senda de la conversión y le facilitará el vivir en la disponibilidad evangélica de la sencillez, en la cercanía y en la alegría, en la imitación de Cristo se configura el ser del diácono expandiendo su vida para generar amor desde la entrega a todos los marginados.

Decía Urs Von Baltasar «Las palabras de Dios no son en modo alguno como flechas que se disparan desde la emboscada y que nunca se sabe a quién alcanzan» [22] por este motivo, la llamada al servicio diaconal es precedida por una escucha atenta de la Palabra que facilita la confianza, que no sorprende súbitamente sino que lentamente va calando y proveyendo intimidad en el diálogo continuo con el Señor, en el que se va descubriendo la fuerza fundamental de la llamada que te invita a caminar en constante búsqueda de la radicalidad de nuestra vida. El plan de Dios no es sorprender desde su omnipotencia puesto que te da a conocer su Nombre por lo que Él «renuncia a su misterio esencial y el hombre adquiere poder sobre Él.»[23] Significa esto que le regala al hombre el don de la libertad, la capacidad de negarle o aceptarle, de rechazarle o abrazarle.

No hay llamada idéntica ni las respuestas son iguales. Cada una de las respuestas es original como el Señor lo es para cada uno. La llamada a la santidad es el centro de la vida cristiana como hemos visto anteriormente. Y la consagración bautismal orientada a la celebración permanente de la Pascua de Jesús es la noticia que alimenta la llamada. La respuesta no tiene más modelos y sentidos que la auténtica vocación original del seguimiento radical de Jesús. La creatividad de las respuestas estriba en hacer coincidir mis deseos con los deseos de Jesús, hacer converger mi proyecto de vida con el proyecto de Dios, unir y buscar la sintonía de ambos proyectos.

El diaconado permanente encarna muy bien el rostro de servicio, el ministerial y el misionero con que la Iglesia se presenta al mundo después del Concilio Vaticano II. Una pastoral que no contenga ese rostro está muy alejada del encuentro generacional. El diaconado que irrumpe en este milenio tiene vocación permanente de adaptación a los cambios que vayan surgiendo en la sociedad. Está encarnado en el mundo para servir al mundo. Allá donde esté hará presente con su ministerio a la Iglesia servidora y en la evangelización ambiental, aporta con su presencia familiar, la cercanía a un mundo en el que es posible vivir con esperanza el amor. Esta acción pastoral conllevará implícita una invitación al seguimiento de Jesús

La ausencia del diaconado estable en tan dilatado período de tiempo en la historia de la Iglesia, aportó un principio de contrariedad, ya que quienes fueron formados teológicamente en el marco de una eclesiología anterior al concilio Vaticano II,  no pudieron contemplar dicho ministerio diaconal tal como posteriormente se ha configurado y es posible que ello induzca alguna dificultad al asignar, dentro de los esquemas pastorales, una misión específica al diaconado permanente. También esa distancia en el tiempo ha contribuido a que el pueblo cristiano no sepa o no conozca qué es un diácono; por lo se debe difundir y formar a la comunidad cristiana en el conocimiento del diaconado permanente, dando a conocer el testimonio eclesial de la presencia de estos ordenados, manteniendo equilibrada la impronta de su triple ministerio en la Palabra, la Liturgia y la Caridad.

Bernard Lambert O.P., en su libro Cartas sobre el Concilio, finalizaba el capítulo 11, dedicado al Diaconado y Celibato, con una expresión de esperanza y con un convencimiento de que el trabajo que se estaba realizando en el Concilio sería fecundo y duradero, restaurador y audaz. Con esos presupuestos se atrevió a decir: «La Iglesia es una Gracia, y cada parte de la Iglesia, cada grado dentro de su constitución, implica una gracia. La economía en este aspecto es un error. Es preciso, hacer rendir a la Iglesia todo lo que puede dar. Acaso será el diácono del año dos mil el primero que vea los felices resultados de lo que la Iglesia le prepara hoy.  Hagamos votos, sin embargo, para que las cosas marchen un poco más deprisa de lo que marcharon cuando la institución de los Seminarios por el Concilio de Trento.». [24]

Hemos pasado ya el año dos mil y casi han pasado ocho lustros desde la clausura del Concilio Vaticano II. Este gran acontecimiento de la Historia de la Iglesia nos permitió rejuvenecer a hombres y mujeres, instituciones y asociaciones, vigorizar ideas y criterios..., en definitiva, todo el pueblo de Dios ha ido sedimentando cada uno de los estratos conciliares facilitándonos el encuentro con nosotros mismos y tomar conciencia también de los otros.

El diaconado permanente es una puerta abierta a la esperanza, que requerirá cuando nazca, el mimo, el cariño y los cuidados necesarios para que crezca en el regazo de nuestra madre, la Iglesia diocesana.   

 

  José Rodilla Martínez

Valencia, 15 de Marzo de 2.004


 

[1]              «Hay una nueva raza de hombres nacidos ayer, sin patria ni tradiciones, asociados entre sí contra todas las instituciones religiosas y civiles, perseguidos por la justicia, universalmente cubiertos de infamia, pero auto glorificándose con la común execración: son los Cristianos.» Celso  El Discurso Verdadero contra los Cristianos Alianza Editorial  Madrid 1.988 Pág.11

[2]              Josef Hornef impulsor de la instauración del diaconado permanente desde el laicado. ¿Vuelve el diaconado de la Iglesia Primitiva?  Ed. Herder. Barcelona 1962

[3]              LG 29

[4]              Sacrum diaconatus ordinem: 18 de junio de 1967; Poutificalis Rornani recognitio: 17 de junio de 1968; Ad pascendum

[5]              «DIRECTORIUM PRO MINISTERIO ET VITA DIACONORUM PERMANENTIUM» 22 de febrero de 1998.

[6]              Constituciones Sinodales. Sínodo Diocesano Valentino. 564

[7]              J. Sánchez Bosch. La primera lista de carismas. El misterio de  la Palabra. Homenaje a Luis Alonso Schökel.   Cristiandad 1.983. Pág. 327

[8]              Valencia. Iglesia en Misión. Plan  pastoral  diocesano  1.993 - 97. Cáp.5 Pág.51.

[9]              José Hoffner, Obispo de Münster Alemania, durante el Concilio disertó en el debate del apostolado de los laicos la siguiente comunicación: «El apostolado de los laicos no consiste formal y principalmente en cumplir los encargos que la jerarquía les encomienda, sino en el ejemplo de una vida verdaderamente cristiana y en la responsabilidad de instaurar un orden temporal conforme a las normas de la justicia y la caridad». Sigue más adelante diciendo: «lo que puedan cumplir los laicos por su propio trabajo y responsabilidad, no ha de acapararlo el clero, salva  siempre la estructura jerárquica de la Iglesia.»

[10]             Estas tensiones se trataron en el Simposio sobre el diaconado de la Iglesia en España, celebrado por el comité para el diaconado, patrocinado por la Conferencia Episcopal, entre el 18 y 20 de abril de 1.986. Edice  Madrid 1.987.

[11]             Valencia. Iglesia en Misión. Plan  pastoral  diocesano 1.993 - 97. Cáp.3 Pág. 37

[12]             B. González Ruano. ¡Sois Iglesia! Vida y acción de los laicos. Pág. 109. Cristiandad  83

[13]             Y. Congar. Un pueblo mesiánico.

[14]             El pueblo llano, los seglares, no tenían acceso prácticamente a los estudios teológicos, ni por supuesto a la Patrística. El latín y el griego eran las lenguas en las que están  escritos todos los documentos primitivos que soportan la información que nos ocupa. La liturgia era en lengua latina, los documentos oficiales de la Iglesia también lo eran.

[15]             LG 29 b. «se podrá restablecer en adelante el diaconado como grado propio y permanente de la jerarquía.»

[16]             Las Iglesias Orientales han mantenido siempre la figura del diácono como grado estable. Entre las diversas funciones está la de servir de puente de unión entre el presbiterio y la asamblea. Esta ubicación en la liturgia es signo de lo que su función contiene: el servicio «diakonoi». El oficio diaconal es imprescindible por la naturaleza de sus celebraciones solemnes.

[17]             Determinaciones del Episcopado Español. Documento aprobado por la XX. Asamblea Plenaria del Episcopado. Madrid, 17-22 de Junio de 1.974 

[18]             Sánchez Bosch, Jordi  El diaconado. Cuadernos Phase nº 88. Centre de Pastoral Litúrgica. Barcelona 1.998

[19]             Catecismo de la Iglesia Católica. 1571. 1.993

[20]             Valentín Oteiza, S.J. Diáconos para una Iglesia en renovación. Op. Cit. Vol. I. pág. 111. Citado en Orientaciones para el Diácono Permanente en Chile. 1994 pág. 89. Conferencia Episcopal de Chile.

[21]             Diácono Dr. Ludwig Schmidt, Caracas, Venezuela

[22]             Urs von Baltasar, Hans. La verdad es sinfónica. Aspectos del pluralismo cristiano. Pág. 17 Ediciones Encuentro. Madrid 1.979

[23]             Ibíd. Pág. 17

[24]             Bernard  Lambert  O.P.  Cartas sobre el Concilio. Cristiandad 1.964